(*) Juan Alfonso López     

Una fría mañana del mes de diciembre. Son las nueve y el termómetro está muy próximo a los cero grados; ni frío ni calor, que diría el del chiste. Un viento helado golpea implacablemente a las pocas personas que osan encontrarse en la calle en semejantes circunstancias. Un pequeño grupo de esos osados se encuentra en una parada de autobús, la del final de la Línea 56 de Barcelona, una línea que cruza toda Barcelona para unir los barrios de Besós-Verneda y Collblanch. Manos en los bolsillos, embozados hasta los ojos cual bandoleros de Sierra Morena, buscando refugio al glacial viento, hay algo extraño en ese grupo; a pesar de que los autobuses llegan a la parada y vuelven a partir, nadie hace amago de subir a ninguno de esos autobuses modernos, silenciosos y climatizados. De repente alguien grita entusiasmado: “¡Ahí llega!”.

Los ojos de ese grupo se giran hacia la izquierda y atisban a unos 100 metros un autobús que se aproxima. Para cualquier persona, lo que se acerca sería calificado de ‘autobús viejo’ o incluso ‘cacharro’, pero para quienes esperaban su presencia es claramente un Pegaso 6035 articulado del año 1968. El viejo dinosaurio se aproxima envuelto en un sonido característico a la parada. De repente es como si el gélido viento hubiese cesado y el frío desaparecido; las manos salen de sus escondrijos, los embozos desaparecen, dejando ver expresiones de alegría e ilusión. Las cámaras fotográficas aparecen para inmortalizar el momento, incluso para poder demostrar posteriormente la veracidad de esa experiencia que están a punto de vivir. Poco a poco, sin prisa, pero sin pausa, el ahora animado grupo va entrando en el vientre de la ‘bestia’.
Es como entrar en una máquina del tiempo y retroceder 30 años. Asientos de madera, el sonoro y regular ronroneo del motor, la plataforma central en la que a los niños les gustaba disfrutar de los giros del bus, ninguna concesión a la comodidad; la climatización, ¿y eso qué es? Tras tomar acomodo en los típicos asientos, el conductor procede a cerrar las puertas y, poco a poco, majestuosamente, el Pegaso comienza el viaje. Tras sortear, con una habilidad que nadie intuiría debido a su tamaño, las obras que esa zona de Barcelona está padeciendo, el viejo Pegaso enfila la Gran Vía barcelonesa para, majestuosamente, efectuar su trayecto. Es curioso mirar hacia la calle y ver como la gente mira el autobús como si de una aparición se tratara; gente boquiabierta, padres que señalan con el dedo a sus hijos ese extraño autobús, e incluso gente que alza los brazos, indignada en un primer momento porque el autobús no efectúa su parada, indignación que da paso al asombro y la sorpresa cuando se aperciben de la realidad.
Un aviso del conductor, estamos próximos a Plaza de España; allí quien quiera podrá bajar y tomar fotos o grabar en video mientras el autobús da vueltas a la plaza. Llegados al lugar indicado casi todos bajan y preparan sus cámaras, a la vez que el Pegaso comienza a dar su vuelta al ruedo, más que merecida. Es inevitable el símil taurino, viendo allí mismo, herida de muerte pero negándose a caer, la vieja plaza de toros de Las Arenas. Tras la parada, el bus enfila la calle Sants, repleta de tiendas y gente comprando y paseando. Finalmente, llegada al punto de destino, al lado del Camp Nou, el estadio del F.C. Barcelona. Tiempo para fotografiar de nuevo el Pegaso, pasear, desayunar o lo que sea menester.
Tras el tiempo libre, de vuelta al bus y camino de regreso. El día ha mejorado mucho, ahora luce un sol muy de agradecer, y unido al desayuno hace que la gente esté mucho más animada que a la ida. Multitud en la plataforma del conductor, haciendo caso omiso a los dos letreros más famosos del mundo de los autobuses: ‘Prohibido hablar con el conductor’ y ‘Prohibido estacionarse en la plataforma’. Hay mucho más tráfico que a la ida, por lo que el viaje es más lento y permite que en algunas ocasiones el bus quede al lado de otros colegas más modernos, más pequeños, cuyos ocupantes miran hacia arriban y observan como un grupo de ‘chalados’ les saludan desde la altura de ese bus extraño y monumental.

Es curioso como uno se fija desde el interior del Pegaso en detalles que no había reparado normalmente, como fachadas de edificios antiguos, algunas tiendas que probablemente tengan muchos más años que el bus que nos transporta, detalles que parecen ser nuevos, como si se hubieran manifestado de repente para saludar a ese dinosaurio del pasado que majestuosamente está recorriendo la ciudad de Barcelona. De repente el autobús se para: final de trayecto. ¿Ya? Es la una del mediodía, han pasado 4 horas desde que se inició la aventura, pero es como si hubiéramos viajado en el tiempo, y el tiempo real se hubiese detenido, y allí estábamos de nuevo, mismo sitio, misma hora. Todo el mundo se baja, pero nadie se marcha. La gente se resiste a abandonar el lugar, temerosa de que si marcha la ilusión desaparecerá, el viejo 6035 volverá a su mundo particular del que hoy ha salido, y no volverán a verle. Permaneciendo allí impiden esa marcha y prolongan la ilusión. Pero la realidad es cruda, y el Pegaso ha de volver a su lugar de retiro, pero tranquilos, porque pronto volverá de nuevo a ejercer de máquina del tiempo, a ilusionar por unas horas a mucha gente que disfruta con algo tan simple como un viaje en un autobús Pegaso del año 68.

Es muy probable que los usuarios que diariamente viajan en este medio de transporten no lo puedan entender, y crean que esa gente está ‘loca’, pero ¿puede haber una locura más sana que ésta? Ya de camino a casa, en mi moderno coche del año 2001, vislumbro en la autopista algo que me suena mucho. Sí, es él, va camino de su residencia; me coloco detrás y le observo durante unos minutos para, finalmente adelantarle y verle aparecer por mi espejo retrovisor, en donde por momentos se va alejando y viendo cada vez más pequeño. Antes de que desaparezca le dirijo una frase: “Volveremos a vernos”.

Muchas gracias a la Assosiació d'Amics del Ferrocarril de Barcelona, por mantener este magnífico ejemplar de Pegaso 6035 A y permitirnos disfrutar de esta jornada.
(*) Juan Alfonso López es editor de la página Vehículo Clásico